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La Innovadora Perspectiva de Musk para SpaceX y xAI: El Proyecto Base Lunar Alpha

La Innovadora Perspectiva de Musk para SpaceX y xAI: El Proyecto Base Lunar Alpha - Image 01 (February 13, 2026)
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Cuando xAI se reorganiza, se van directivos y el murmullo de una posible salida a bolsa (IPO) comienza a resonar con fuerza, Elon Musk no opta por un memo corporativo convencional y esperado. Responde con la Luna, con un “mass driver” y con centros de datos de IA flotando en el espacio, todo encapsulado en una misma narrativa. No ofrece una mejora incremental; propone un salto civilizatorio.

El nuevo relato tras la fusión de xAI con SpaceX ya no es simplemente “vamos a lanzar un LLM mejor”. Es algo mucho más desafiante: “vamos a erigir infraestructura para entrenar IA a escala… del sistema solar”. El cambio no es técnico; es simbólico. Implica pasar de competir en benchmarks a redibujar el mapa de la energía y el cómputo.

En específico, Musk ha invitado públicamente a unirse a xAI a quienes se entusiasmen con la idea de construir un lanzador electromagnético —un mass driver— en la Luna. Sin duda, eso no suena a una oferta laboral tradicional; suena a un tráiler de ciencia ficción con una fecha de entrega incierta. Y ahí está el truco: cuando deseas reclutar —y retener— a personas extraordinarias, no ofreces solo salario o stock options, ofreces una misión que inspire a levantarse un lunes con ganas.

La “sinergia” oficial: centros de datos de IA en órbita (y no es un capricho)

Musk ya estaba allanando el camino con otra idea que vincula SpaceX y xAI: construir centros de datos de IA en órbita como la gran sinergia entre ambas compañías. El argumento es simple: si la demanda energética y el coste de operar modelos avanzados en la Tierra continúan incrementándose, trasladar parte del cómputo fuera del planeta podría comenzar a tener sentido tanto económico como técnico.

SpaceX Quiere Lanzar 1 Millón de Satélites que Sirvan como Centros de Datos de IA en Órbita

No es solo cuestión de espectáculo. En teoría, es una manera de eludir límites reales: energía, refrigeración, disponibilidad de terreno, permisos regulatorios y cuellos de botella en la red. En este contexto, algunos expertos argumentan que los centros de datos en órbita podrían ser viables en la década de 2030 si los costos de lanzamiento se reducen lo suficiente y el hardware se adapta para el entorno espacial.

Sin embargo, colocar capacidad de cómputo en órbita es una cosa, y otra muy distinta es lo que Musk sugiere: que el objetivo final no es optimizar la infraestructura terrestre, sino entrenar modelos a una escala tan monumental que la Tierra se quede pequeña.

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El salto de “un teravatio al año” a mirar a la Luna

Musk presentó una cifra que actúa como un umbral psicológico: comentó que, si queremos ir “más allá de un mero teravatio al año”, tenemos que ir a la Luna. Esta frase transforma la energía en una frontera mental y convierte la discusión técnica en un dilema de expansión.

Su visión incluye un mass driver lunar capaz de lanzar satélites de IA hacia el espacio profundo, algo así como un “tren maglev gigante” que acelera carga sin cohetes para enviarla por el sistema solar. La secuencia, en su versión más estructurada, seguiría fases: primero, centros de datos orbitando la Tierra; y después, computadoras aún más grandes situadas en el espacio profundo, lejos de las limitaciones físicas del planeta.

En ese contexto, Musk propone que la forma “más sensata” de proceder sería construir una ciudad en la Luna que fabrique “ordenadores espaciales” y los lance de manera progresiva. Sin embargo, una ciudad autosuficiente en la superficie lunar no es solo una característica del producto; es, en realidad, una civilización en miniatura diseñada para generar cómputo.

La diapositiva final y el truco narrativo que Musk domina

La idea de la base lunar surgió al final de una presentación mostrada en un vídeo de una reunión general (all-hands) de xAI que se hizo pública. Este detalle es relevante, ya que Musk tiene un patrón bien marcado: al cierre de sus charlas internas suele compartir visiones futuristas y renders que alteran la percepción de quien escucha.

Antes eran cohetes aterrizando en Marte y un millón de personas viviendo allí; ahora es “Moonbase Alpha” y el cómputo a escala solar. El cambio de contexto no implica renunciar a la épica, sino trasladarla. Además, la mención de la Luna llega justo después de que SpaceX se haya distanciado públicamente de su objetivo histórico de colonizar Marte, lo que refuerza la idea de un cambio narrativo.

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Si te alejas de Marte, necesitas otra historia igual de grande para que el sueño no parezca encogerse. La ambición debe permanecer intacta, aunque cambie el paisaje.

La Escala de Kardashev: la metáfora que encaja con la era de la IA

El análisis de fondo conecta esta visión con la Escala de Kardashev, un marco teórico propuesto en los años 60 por el astrónomo soviético Nikolái Kardashev para clasificar civilizaciones según la cantidad de energía que son capaces de capturar y utilizar. La lógica es progresiva: primero aprovechas la energía de tu planeta; luego, construyes infraestructura espacial para utilizar masivamente la energía de tu estrella.

Musk enlaza esa metáfora con la IA y sugiere que, con una base lunar, podrían aprovechar “quizá incluso unos pocos por ciento” de la energía solar para entrenar y operar modelos. Dicho de esta manera, “unos pocos puntos porcentuales del Sol” puede sonar razonable; sin embargo, estamos hablando de cantidades de energía que hoy parecen prácticamente inimaginables para la industria.

El propio Musk reconoce, con su estilo habitual, que es difícil imaginar la perspectiva de una inteligencia entrenada a esa escala, aunque afirma que sería “increíblemente emocionante” ser testigos de ello. La emoción actúa aquí como combustible narrativo: si la magnitud asusta, se compensa con asombro.

Marte funcionó como imán de talento… hasta que nadie quiso pagar la factura

Durante casi una década, la narrativa de Marte fue una herramienta de reclutamiento extraordinaria para SpaceX. No solo servía como marketing externo; también proporcionaba dirección interna y diferencia a la empresa de contratistas tradicionales que se enfocan en mejoras incrementales alineadas con prioridades gubernamentales. Las camisetas de Occupy Mars se convirtieron en un símbolo cultural de dicha misión.

No obstante, el problema fue mucho más terrenal: nadie estaba dispuesto a financiar un viaje allí. En 2016, se anunciaron planes para reutilizar la cápsula Dragon como módulo de aterrizaje marciano, pero se abandonaron al año siguiente debido a que los desafíos técnicos y los costos asociados resultaron demasiado elevados. La física y la contabilidad terminaron imponiendo sus propias reglas.

Desde que Musk presentó en 2016 el vehículo que eventualmente se convertiría en Starship, parte de las capacidades originales pensadas para la colonización se han reajustado hacia tareas más rentables. Hoy, el negocio real se centra en Starlink y en contratos con la NASA que rondan los 4.000 millones de dólares para transportar astronautas a la Luna. La épica marciana ha dado paso a la viabilidad financiera.

La Luna como “stretch goal” para atraer talento y ofrecer un futuro

Fabricar satélites y superordenadores en la Luna requeriría cumplir previamente numerosos hitos: acceso al espacio mucho más asequible, logística masiva y una cadena de suministro capaz de operar fuera de la Tierra. Es cierto que ya existen científicos y startups experimentando con la producción de chips y componentes de precisión en el espacio, lo que indica que hay señales tempranas de exploración industrial.

No obstante, pasar de esos experimentos a producir “muchas toneladas” de ordenadores avanzados en la superficie lunar implica un salto gigantesco. Por ello, la propuesta funciona como un stretch goal deliberado: lo suficientemente extremo como para atraer talento e inversores, a pesar de estar distante en el roadmap real.

A esta dimensión se suma el componente bursátil. Si la narrativa cala y los inversores, atraídos por relatos ambiciosos, compran la historia, algunos consideran plausible que SpaceX se convierta en “la próxima Tesla” en términos de percepción pública y valoración. La narrativa, en este sentido, no es un accesorio: es parte integral de la estrategia.

Por supuesto, también existe riesgo. Esta nueva dirección puede generar fricción entre ingenieros —tanto de IA como aeroespaciales— que prefieren planes ejecutables, cronogramas concretos y métricas claras antes que pósters motivacionales. La tensión entre visión y ejecución vuelve a aparecer como un tema central.

En el fondo, xAI necesita aclarar su propósito más allá de ser un LLM con una reputación pública discutible. Un ejecutivo saliente lo resumió con ironía: “todos los laboratorios de IA están construyendo exactamente lo mismo, y eso es aburrido”. Frente a esa crítica, proponer un superordenador “a escala del sistema solar” puede parecer desmesurado, pero desde luego, no encaja en la categoría de “exactamente lo mismo”.

Permanecemos a la espera de saber cuánto hay de plan técnico y cuánto de narrativa orquestada para una eventual IPO. Lo que sí parece evidente es que Musk ha hallado una nueva bandera, y esta vez no ondea en Marte: ondea en el cráter más cercano, apuntando directamente al Sol.

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