En muchas oficinas, la inteligencia artificial se percibe como una promesa de alivio que, en la práctica, puede hacer que el tiempo se sienta más presionado. Un hallazgo de un informe mencionado en el relevamiento local lo cuantifica: el 58% de los empleados sostiene que su carga laboral ha aumentado con el auge de la inteligencia artificial. Al mismo tiempo, el 92% de los encuestados en el país afirma que ya utiliza herramientas de IA en su trabajo.
¿Por qué la IA impulsa la productividad, pero también genera fatiga? En este nuevo entorno laboral, surge otro fenómeno silencioso: la “IA en la sombra”, que consiste en el uso de herramientas de inteligencia artificial fuera de los canales oficiales, sin supervisión ni reglas claras dentro de la organización.
En otras palabras, la tecnología no solo entra por la puerta principal; a veces se cuela por la ventana.
La clave está en comprender que la IA no actúa como un “empleado adicional” que se une al equipo. Se asemeja más a un sistema eléctrico doméstico: si se añaden electrodomésticos sin revisar el cableado, la casa no se vuelve más eficiente, sino más frágil. Y cualquier chispa, por pequeña que sea, puede hacer saltar la térmica.
En el ámbito laboral, ese “cableado” son los procesos, los permisos y los acuerdos. Cuando cada individuo comienza a utilizar, por su cuenta, asistentes de texto, generadores de imágenes o chatbots, se acelera la producción. Sin embargo, también se multiplican las versiones de un mismo documento, creándose nuevas expectativas de respuesta inmediata y estableciendo rutinas invisibles que nadie mide.
Además, surge un engranaje difícil de detectar: el aprendizaje acelerado de nuevas competencias. La IA requiere que el empleado aprenda a “pedir” de manera más efectiva, a verificar, a editar y a decidir más rápido. Esta curva puede representar una oportunidad, pero también convertirse en un desencadenante de ansiedad laboral si la capacitación llega tarde o no se proporciona.
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El informe describe un escenario marcado por tensiones: productividad versus fatiga, innovación frente a ansiedad, aprendizaje acelerado contra retención del talento. El problema no radica solo en la herramienta, sino en su escala. Utilizar IA de manera puntual puede ser de ayuda, pero escalarla sin gobernanza puede desorganizar toda la central de operaciones.
La “gobernanza” (reglas y controles internos) es, en esta metáfora, el tablero eléctrico. Define qué se puede enchufar, dónde, con qué protección y con qué límites. Sin ese tablero, la “IA en la sombra” crece porque resuelve urgencias: redactar un correo, resumir un informe, crear una presentación. Sin embargo, también puede abrir riesgos: datos sensibles copiados en plataformas externas, decisiones sin trazabilidad o criterios distintos entre áreas.
Los números del relevamiento ayudan a dimensionar el fenómeno. Si 92 de cada 100 trabajadores ya utilizan IA, la transformación ha dejado de ser experimental. Y si 58 de cada 100 sienten una mayor carga, es evidente que los beneficios no están llegando de la manera esperada, al menos no de forma equitativa.
Para el trabajador, la señal de alerta no siempre es “trabajo más”. A veces, se traduce en “trabajo distinto”: más microtareas, más revisión, más coordinación. La IA acelera la primera parte (borradores, ideas, resúmenes), pero puede alargar la segunda (verificación, correcciones, alineación con el estilo y la política interna).
Para las empresas, el desafío clave radica en escalar el uso de la IA sin perder la gobernanza sobre estas tecnologías y sus efectos. Esto implica establecer reglas simples y visibles, ofrecer capacitación práctica y llegar a un acuerdo explícito sobre qué se espera: si la IA reduce tiempos, ¿se disminuye la carga o se eleva la vara?
La oportunidad existe, pero requiere hacer algo muy humano: organizar la casa antes de enchufar más dispositivos.
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