Un informe de la UNESCO emite una advertencia importante: la inteligencia artificial generativa no solo pone en riesgo los ingresos. El hallazgo resulta aún más contundente. Podría sofocar la creatividad humana al inundar el mercado con “contenidos sintéticos producidos por IA”, obras realizadas casi completamente a partir de comandos, con escaso aporte humano.
El documento Re|Shaping Policies for Creativity, presentado en París y basado en datos de más de 120 países, incluye un dato alarmante. Cada día se suben a plataformas como Deezer más de 50.000 canciones generadas íntegramente por IA. Y la mayoría de los oyentes no logra diferenciar entre estas obras y las creadas por humanos.


El mecanismo revelado por la UNESCO opera silenciosamente: estas canciones, guiones o imágenes suelen replicar estilos ya establecidos, frecuentemente protegidos por derechos de autor. En apariencia, el resultado es “suficientemente similar” como para ser distribuido. En la práctica, puede desplazar a quienes originaron ese lenguaje.
Sin embargo, el aspecto más preocupante no radica únicamente en la copia, sino en el circuito que alimenta a la propia IA.
La UNESCO describe un círculo vicioso: los modelos se entrenan con vastas bibliotecas de datos. Ese entrenamiento (aprender observando miles de ejemplos) necesita material humano para mantener la calidad y la variedad. Pero si el mercado se satura de contenido sintético, ese material empieza a contaminar la biblioteca.
Desde un punto de vista doméstico, sería como una cocina donde, por apuro, se comienza a sustituir la comida fresca por sobras recalentadas. Al principio, “zafa”. Pero si cada comida se basa en la anterior, el sabor se vuelve monótono y repetido. En IA, esa pérdida se reconoce como colapso del modelo (degradación progresiva), cuando el sistema aprende cada vez más de sus propios resultados y se vuelve menos confiable.
Y ese desencadenante no lo activa un villano, sino la escala.

En el ámbito económico, el informe estima que para 2028 los ingresos globales caerán un 24% en el sector musical y un 21% en el audiovisual debido a la llegada de la IA generativa. La clave reside en que estas herramientas, entrenadas con obras humanas, han comenzado a competir directamente con los propios creadores que las alimentaron.
Simultáneamente, el panorama ya venía cambiando. Los ingresos digitales representan hoy el 35% de lo que obtienen los artistas, el doble que en 2018. Esta dependencia de la pantalla conlleva mayor inestabilidad y precariedad. También aumenta la exposición a violaciones de derechos de autor, justo cuando rastrear el origen de una pieza se vuelve más complicado.
El informe añade otra pieza esencial: la distribución cultural global se concentra en unas pocas plataformas de streaming. Sus sistemas algorítmicos de recomendación, poco transparentes y sesgados, pueden hacer invisibles a creadores menos conocidos o de culturas periféricas. Es un filtro que actúa como un “portero” que no explica por qué deja pasar a algunos y no a otros.
La desigualdad se exacerba con la brecha digital. En países desarrollados, el 67% de la población posee habilidades digitales básicas. En países en desarrollo, solo el 28%. Y dado que el consumo cultural ocurre mayoritariamente en pantallas, esa diferencia se traduce en menor acceso, menos visibilidad y menos herramientas para defender derechos.
La UNESCO recomienda marcos de gobernanza claros: proteger la propiedad intelectual y, al mismo tiempo, apoyar la innovación y la infraestructura cultural digital de manera ética, inclusiva y sostenible. También advierte sobre riesgos físicos y políticos: solo el 37% de los países tiene iniciativas para proteger a los trabajadores de la cultura en contextos de conflicto o desplazamiento.
La oportunidad, si se aprovecha a tiempo, es evitar que la cultura digital se transforme en una casa con el cableado cruzado: luces encendidas por doquier, pero cada vez menos energía auténtica. Con reglas claras y mejores herramientas, el futuro podría aún contar con autores reconocibles detrás de cada canción que suena.
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